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El Blog de Asértika

Reflexión... Ando

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De helados…

Imagíname en una tienda de helados que, al probarlos, pongo de colores el gran cuadro de mi vida, con sus matices, sabores, texturas y olores.

Está lo de siempre: el de fresa, el de vainilla y el de chocolate.

Particularmente, a mí me gusta el de vainilla. Y… ¿a quién no? Supongo que a todos nos es grato estar con la gente que disfruta el mismo sabor que nos gusta, en mi caso el de vainilla. Sin embargo, también está la gente prefieriendo el chocolate amargo -aunque no le guste-, pero creyendo que debe pedirlo. Así ha sido desde siempre y así considera que debe ser para siempre: a veces se justifica, a veces se convence, a veces se resigna y en otras sólo acepta.

De repente volteo y observo que existen otros sabores. Está el de zarzamora, pistache, mamey, cajeta, avellana, nata, coco, con cookies, sin cookies, con chispas de chocolate, de plátano, mora, crema catalana con fresa, frutos rojos con vino Malbec y chocolate, café, maracuyá…

—Mmm, maracuyá ¿Y si lo pido? Tal vez me guste, aunque no lo he probado. Es más, ni sabía que existía—

Y cuando lo voy a pedir, llega alguien y me previene: — ¡No! Ese no lo pidas. Yo lo probé y sabe horrible, te puede provocar problemas, dolor de estómago y, quién sabe, hasta de cabeza.

Ups! No lo había pensado así… —No, no lo probaré; me lo dijo tan seguro que tiene razón”.

Se me antoja otro y ahora es de menta. Estoy a punto de probarlo cuando alguien se acerca muy suavecito y me advierte: —Yo en tu lugar me quedaría con el de siempre, no corres riesgo, ya sabes a lo que te atienes, ya lo conoces ¿O no? ¿Para qué cambiar?

Me quedo callada por temor —Pues sí, a mí siempre me ha gustado la vainilla, su sabor es agradable, suave y, una vez más, pido vainilla.

Pasan los días, las semanas, los meses, los años y empiezo a aburrirme del sabor de siempre. El cuadro de mi vida tiene algunas variantes, pero sigo con mi camino, mis experiencias y mis aprendizajes, esos que aún cuando los vivo no los tengo claros.

Regreso a la tienda y alguien me pregunta — ¿Has probado el helado Stracciatella?

— ¿Stracciatella? ¿Que es eso?

— ¡Cómo! ¿No lo has probado? ¡Es buenísimo! Es un helado de nata con trocitos de chocolate, sabe delicioso.

Y me regresa la pregunta del ¿Por qué no?

En ese momento llegan los de siempre: los mismos que me convencieron de no probar otro sabor; que si no les gustó, que si no es bueno, que si es muy dulce, que así debe ser, que si esto, que si lo otro, ¡uf! ¡qué complicación!

Y por primera vez decido que sí, que sí quiero intentar y elijo un nuevo sabor, ese que siempre quise probar antes y no me animé a hacerlo.

Mmm… Ahora es un rico y delicioso Tuttifrutti, con sus trocitos de las mejores frutas confitadas y aunque ya había oído de él, no había atraído tanto mi atención.

Lo pido y en un rápido dejá-vu, recuerdo lo que decía mi abuelo cuando era niña: “Prueeeebaaaa…” así de largo. Cada vez que se presentaba la oportunidad nos invitaba a probar lo nuevo, lo diferente.

Me acuerdo cuando probé la guanábana. ¡Aghh! Era una sensación en la boca tan rara pero, al final, con un sabor dulce. O cómo el día que me dio a probar la granada china: Sí, esa que parecen mocos y yo poniendo cara de fuchi. Ahora me da risa cuando mis peques decir que no quieren probar y bueno con esa imagen ni a quien se le antoje, a menos que ya la haya probado o de plano le gusten los mocos!

Ahora tiene otro sentido ese recuerdo: cuando me veía a mi abuelo, me decía e insistía: “Prueeebaaaa”. No importa que no te guste, si es así, la próxima vez que se te presente sabrás decir que no, porque lo has decidido así, tú lo experimentaste, tú lo viviste, ya sabes de qué se trata.

Y si te gusta, será porque te has dado el permiso de probar y experimentar nuevas impresiones, y ¿porque no? hasta emociones y, lo más importante, lo preferiste tú y ésta es la mejor sensación que uno puede tener al elegir.

Con el tiempo observo que ese cuadro que tenía, se ha convertido ahora en un gran cuadro de “coloritos”, con muchas tonalidades. Experimento y ¿por qué no? hasta hago combinaciones con sabores, texturas, con lo que no sabía que existía y que ahora lo veo, lo conozco, lo pienso, lo sueño, lo creo o hasta lo invento.

Hoy ya puedo decidir en pedir o en ofrecer sabores iguales o diferentes, para aprender, enriquecer y abrir el menú de posibilidades. Cambiar mi creencia de que siempre –curiosamente– no es siempre y de que la vida cambia y con ella invariablemente uno mismo: con su gran abanico de sabores, a veces dulce, empalagoso, refrescante, a veces amargo, muy frío, y en otros tiempos hasta neutros. Al fin y al cabo, así es la vida.

O como decía mi abuelo: — ¡Prueeeebaaaa!

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